Las heridas de la muerte

En algunos artículos previos he hablado de la necesidad que algunos sentimos por viajar y de todo lo que ello implica un estilo de vida en el que lo material deja de tener valor. Esta forma de entender la vida viene determinada por ese final que a todos nos espera.

Mientras esperaba que naciese mi primera hija y durante el primer año tras su nacimiento tuve diversos episodios de ansiedad relacionados con la muerte. Al irme a dormir sentía que el corazón latía más fuerte de lo normal. Me daba miedo estar sufriendo algún problema serio, pero me hicieron varias pruebas y todo salió bien. Lo estaba provocando yo.

Amanecer en el lago Victoria de Kenia

Pensaba que esa misma noche podría abandonar el mundo sin siquiera darme cuenta. Ahí, en mi cama, mientras dormía. Imaginaba todo lo que me perdería y enumeraba todo lo que me habría quedado por hacer.

El origen

Antes de ser padre leí varios artículos, no recuerdo sus autores, en los que hablaban de que muchos padres sufren ansiedad tras el nacimiento de sus primeros hijos porque se dan cuenta de que ya no son la última persona de la cadena familiar. Ahora tienen un legado que, si todo va bien, les verá morir.

Aquella ansiedad duró meses y, de pronto, pasó. Quizá estaba más nervioso de lo normal, nunca lo sabré, pero por suerte hace años que no me inquieta la muerte, ya no pienso en ella. Suelo asociarlo al hecho de que comencé a correr seriamente, hice un maratón y me metí de lleno en el triatlón. Con tanto desgaste, cuando llegas a la cama no hay nada que pensar.

Lo cierto es que siempre he pasado mucho tiempo pensando en la muerte, supongo que como todos. Jamás hablé de ella con mis padres y las conversaciones con amigos sobre este tema puedo contarlas con una mano.

La fe y la ciencia

Cuando era pequeño, por herencia familiar, creía en Dios. En realidad no creía, simplemente creí lo que me contaron sin ponerlo en duda. Al crecer te das cuenta de que todo lo que envuelve a la Iglesia es una patraña y que uno puede creer, si quiere, sin necesidad de intermediarios, así que decidí creer a mi manera. Durante el camino fueron muriendo mis abuelos y me dejé llevar por la ilusión de volver a encontrármelos más adelante.

Ahora ya no sé si creo en algo, la razón no me deja. Por mucho que lo intento, por mucho que razono, la vida más allá no tiene sentido.

Mi madre murió hace dos años, víctima de una sucesión de tumores que la mantuvieron peleando durante 16 años. Finalmente la consumieron y llevaron hasta la agonía. Sus últimas semanas ella ya sabía que eran las últimas, aunque nosotros no. Aunque su cuerpo indicaba todo lo contrario, seguíamos pensando que era posible dar con un tratamiento que la devolviese a la vida.

Recuerdo perfectamente todas las veces que mi madre me dijo que le habían detectado un nuevo tumor. Jamás demostré ante ella preocupación, le hice dos o tres preguntas y seguí con mi vida como si nada ocurriese. El tercero fue en el pulmón, es uno de los tumores con peor probabilidad de supervivencia, pero se lo quitó de encima bien rápido. El cuarto llegó unos meses después. Jamás se lo conté a nadie, pero supe enseguida que sería el último.

El maldito gen

¿Podría un ser superior dejar que alguien sufriese durante 16 años? ¿Era un mensaje para otros o una prueba para ella? No tiene sentido. Es solo ciencia. Un par de años antes de morir descubrimos que en mi familia compartimos un gen cancerígeno, que provoca cáncer de estomágo y en las mujeres también de mama. Mi madre comenzó con el de mama y luego fue sufriendo metástasis, porque aunque el tumor estaba eliminado, el gen seguía ahí, no era Dios.

Este descubrimiento nos va a permitir eliminar el gen de la familia porque sabemos cómo derrotarlo. Sin embargo, no dejo de pensar en qué habría ocurrido si esto lo hubiésemos sabido antes, si la ciencia hubiese tenido más presupuesto o más personal. Mi madre podría seguir aquí, incluso mi abuela y mi tío. Pienso en todo el tiempo que las religiones han hecho perder a la ciencia, en cómo el fanatismo pone en pausa los avances del hombre.

Es un tema complicado, lo sé. Los primeros escribanos eran monjes, así que sin ellos no habría libros, pero también fueron quienes quemaron a cientos en la hoguera por pensar diferente a la Iglesia y son quienes ahora se oponen a ciertas investigaciones. ¿Tan difícil es tomar decisiones pensando únicamente en las personas? Parece que sí.

Las marcas permanentes

Cada muerte de alguien querido ha sido supuesto una marca imborrable en mi cuerpo o en mi mente, algunos dirían que en el alma. Siempre oscura, simpre dolorosa, siempre rompiendo historias.

Y esas marcas, aunque no se ven, siguen creciendo. Porque según nos hacemos mayores, vamos percibiendo todo aquello que nos ha quitado. Conversaciones, sensaciones o simple compañía. Lo que más echo de menos es saber más de ellos, cómo fue su vida, quiénes eran sus padres, qué les gustaba y qué no. Me gustaría tener a mi abuelo Carlos para que me contase historias de cuando jugaba a fútbol, que mi abuela diese sentido a lo poco que sé de cuando emigraron a Argentina, haber podido hablar con mi abuelo Guillermo como un adulto, que mi abuela paterna hubiese llegado a mi boda, poder viajar con mi madre, conocer la ironía de mi padrino o sentarme al lado de mi tío Carlos.

Son tantas cosas, tantos sentimientos, tanto dolor… La muerte tiene sentido, como parte de la cadena natural de la vida, pero es tan complicada de aceptar. La inmortalidad nos llevaría directamente a la desaparición de la especie. ¿Pero de qué nos sirve?

La partida y la transformación

Como he comentado antes, por algún motivo sabía que mi madre no iba a superar su cuarto tumor. Aunque hiciese como si nada, siempre tenía miedo a que llegase el momento, que llegase la vida sin ella. Todo parecía desmoronarse. En tantas veces como lo imaginé, su partida era la más dramática de las escenas. Pero cuando llegó, no se pareció a lo imaginado.

Fue todo bastante tranquilo, la vida siguió como lo hará cuando yo me marche, no caerán los cielos ni los mares se volverán negros. Y además me llenó de energía, pausa y felicidad. Algo cambió en mi cabeza que desde ese día trato de no perder el tiempo en tonterías y exprimir más la vida. Sé que es un tópico, pero cuando pienso en ella no puedo más que darle las gracias por todo lo que me enseñó, aunque cada vez que lo hago la herida se hace más grande y profunda.

Obviamente me entristece que no esté con nosotros, pero no puedo hacer nada. Y si de alguna manera sigue sabiendo de nosotros, prefiero que lo haga viéndonos felices y aplicando una forma de vivir que, aunque complicada, se basa únicamente en aprovechar el tiempo en este planeta. Y digo complicada porque tal y como están configuradas nuestras vidas es muy difícil prescindir de ciertas cosas y centrarse en lo realmente importante.

Pero ese tiempo ha de ser tratando de reducir la huella de nuestra presencia y dando algo con lo que soñar a quienes nos sucederán. Lo que quiero decir es que la muerte ha de hacernos mejores. La muerte debería enseñarnos lo importante, debería unirnos y debería aplacar nuestra ira.

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