Un día en Peñíscola

Peñíscola es una de las ciudades costeras más hermosas del litoral español. Es uno de los grandes puntos de interés de la geografía valenciana y además ha sido escenario de películas y series, como El Cid, protagonizada por Charlton Heston o, más recientemente, algunos capítulos de Game of Thrones.

Fue la capital del mundo católico cuando, en el siglo XIV se convirtió en la residencia pontificia del Papa Luna. Actualmente poco queda de aquellos tiempos, pero por fortuna su centro histórico ha soportado el paso del tiempo para dejarnos unas vistas increíbles.

Situada a unos 70 km al norte de Castellón, Peñíscola ni siquiera llega a los 10.000 habitantes, aunque en verano su población alcanza las 100.000 personas. Esto supone un cambio radical para una población tan pequeña.

Peñíscola, mejor fuera de verano

Es por esto que visitarla en los meses de julio o agosto puede acabar desembocando en pequeños infiernos, como el de encontrar aparcamiento, sitio para comer o un trocito de playa. Eso sí, el paisaje vale cualquier infierno.

No hace falta más de un día para conocer una de las perlas del Mediterráneo español y, además, ofrece unas cuantas ventajas hacerlo fuera de los meses de temporada alta. Los fines de semana Peñíscola recibe turistas, sobre todo de Tarragona, Castellón o Valencia. Pasean, visitan el pueblo y degustan alguno de sus arroces o mariscos.

El casco antiguo de Peñíscola
Pequeñas casas sobre la muralla de Peñíscola

En estos meses, aparcar es más fácil ya que hay cientos de plazas y son gratuitas. Se puede subir al castillo sin masificaciones, visitar el faro y recorrer el centro histórico de una punta a otra. Además, es posible comer en algunos de sus mejores restaurantes.

Mi recomendación es llegar sin prisas, unas horas antes de comer, para poder visitar gran parte del pueblo e ir haciendo hueco en el estómago. Subiendo por el lado izquierdo del peñón que parecer posarse sobre el mar, coronado con el castillo del Papa Luna, podemos ver las primeras murallas de piedra.

Siguiendo el ascenso encontraremos las primeras viviendas, en gran parte recientemente reformadas y muchas convertidas en residencias para turistas. Sorprenden los grandes portones y encandilan las pequeñas calles de piedra, con pequeños edificios pintados de blanco.

Caminar, pasear y admirar

Peñíscola sube y baja. Es probable acabar la visita con algún dolor muscular si no se está acostumbrado. Llegar al castillo sólo supone tres subidas considerables y pagar la entrada de 5 euros.

Prosiguiendo el camino y pasando el castillo se llega al faro y a una de las partes más aterradoras y al mismo tiempo encantadora de Peñíscola. En esta parte, la este, las murallas quedan sobre el mar. Si nos asomamos sólo veremos rocas y mar. Uno no puede dejar de pensar cuánto y cuántos debió costar construir una fortaleza como esta para evitar ser invadidos por mar.

El faro de Peñíscola ha sido rehabilitado
El faro de Peñíscola

Continuando el camino ya sólo encontraremos la bajada hacia el puerto, donde hay diversos comercios y un edificio cuya fachada alguien ha decorada toda de conchas. Es en este momento cuando tenemos la opción de volver a adentrarnos en las callejuelas y recorrer todo el peñón u optar por alimentarnos.

Si algo tiene Peñíscola son lugares donde comer. Algunos sólo abren en verano, pero los mejores están siempre abiertos. Sólo hay que fijarse en quienes son sus clientes para saber cuales son los buenos.

Tras comer, es el momento de reposar en la playa. El paseo y la playa de Peñíscola son enormes. Pero lo mejor de su playa está en las vistas. Es imprescindible tumbarse o sentarse con la mirada hacia el sur, hacia el castillo. Desde aquí veremos la conocida imagen del municipio castellonense.

Desde aquí se puede ver, en las rocas, al final de la muralla más cercana al mar, un pequeño muelle. Yo, que son muy de imaginar, no podía dejar de pensar que ahí es donde llegaban los nobles en sus pequeñas barcas tras bajar de sus barcos atracados a cientos de metros del castillo.

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