Mi primera visita a Argentina

Mi primer viaje a Argentina fue también mi primer vuelo y mi primera vez solo por el mundo. Lo hice con 19 años, aunque fue mucho antes cuando comencé a ahorrar.

Como con casi todo lo que hago, planifico las cosas con mucha antelación, así que en mi primera cuenta de ahorro comencé, desde muy jovencito, a meter todo el dinero que caía en mis manos. Así fue como pude pagarme íntegramente el viaje.

Avenida Corrientes de Buenos Aires

Recuerdo el momento en el que le dije a mi madre que me acompañase a preguntar por los precios. Era un poco ingenuo, sabía muy poco, así que fuimos a El Corte Inglés. Y salimos de allí con los billetes impresos para viajar en febrero de 2009. Llamé a mi tío y le dije, muy emocionado, que allá iba.

La conexión argentina

Mi unión con Argentina es familiar. Mi madre nació allí, aunque con nueve años volvió a España con mis abuelos. Su hermano, nueve años mayor que ella, regresó y allí se quedó para formar una gran familia.

Lamentablemente las distancias son enormes y hay que ahorrar mucho para pagar un billete a Argentina. Viví toda mi infancia viendo como mi tío venía cada cuatro o cinco años a visitarnos.

Era muy emocionante. Y yo adoraba ir a recogerle al aeropuerto. Adoraba a mi tío. Si lo piensas bien, apenas le conocía. Si sumo todos los días que estuve con él ni siquiera dan un año, pero era amor incondicional.

Recuerdo quedarme junto a él mientras sacaba las cosas de maleta, esperando la caja de alfajores Havana, mi camiseta de Argentina o el balón de fútbol que todavía conservo.

Cada vez que mi tío nos visitaba era todo un acontecimiento. Recibíamos decenas de visitas, nos invitaban a todas las casas y mi abuela era más feliz. Imagina para una madre tener a sus hijos en casa de nuevo, aunque fuese solo por dos semanas.

El problema es que el viaje siempre llegaba a su fin. Las despedidas eran muy dolorosas. Todos lloraban en el aeropuerto, excepto yo. Recuerdo aguantar con un nudo insoportable en la garganta, viendo como se alejaba y la vuelta a casa era en total silencio.

Poco a poco fueron viniendo el resto de la familia. Argentina vivía momentos de bonanza, con el dólar y el peso equiparados, así que se lo podían permitir. Con diez, doce o catorce años conocí a mis primos hermanos y a mi tía. Antes de conocerlos ya les quería, llevaba toda la vida hablando y presumiendo de ellos.

La catedral de Buenos Aires
La catedral de Buenos Aires

El primer vuelo

Entregué el último examen, el de Economía, asignatura que tenía pendiente del curso anterior, y me marché rápido a casa. Tenía que terminar de preparar la maleta porque al día siguiente salía hacia Argentina. Ahora era yo quien hacía la visita.

Terminé enseguida. Allí era verano así que solo tuve que sacar la ropa guardada en las cajas y pasarla a la maleta. Mi madre metió regalos para todos. Como despedida mi padre me dijo “cuidado con las palabras, que allí tienen otro significado”.

Partí desde Valencia hacia Madrid, en un vuelo de Iberia en el que habría, como mucho, diez pasajeros. Desde el avión se veía la nieve en los campos de Castilla la Mancha. Excepto alguna sacudida, el viaje fue tranquilo.

El cruce del Atlántico

En Barajas tuve que esperar unas horas. Casi a media noche entré en el avión de Aerolíneas Argentinas y alguien se había sentado en mi asiento. Se lo dije a la azafata y me respondió tan mal que desde entonces odio con toda mi alma a esa empresa.

Me senté en el lado del pasillo derecho, en los asientos del centro del avión. Ya lo he dicho antes, no tenía ni idea así que tampoco pedí algo mejor, fue lo que me dieron.

Se sentó a mi lado una señora argentina mayor, que me contó toda su vida, volvía para vender unos terrenos y me dijo que nunca más regresaría a Argentina. Pero lo más impactante fue verla santiguarse durante el despegue. No sé si fue por ser mi primer vuelo pero recuerdo que al avión le costó un mundo alcanzar altura. Los motores rugían.

El resto fue tranquilo. Me encantó la comida. Normalmente me gusta mucho la comida del avión, excepto la de British Airways. Aunque las trece horas se me hicieron eternas. No había servicio de entretenimiento, solo música y una pequeña película al frente. Probé todas las posiciones pero no conseguí dormir.

Cuando anunciaron el descenso yo daba saltos de alegría. Tras recoger las maletas pasé al control, un policía me preguntó si llevaba comida, le dije que sí, vio mi maleta precintada y con desgana dijo “adelante”.

La primera vez en Ezeiza

Se abrieron las puertas y vi a mi prima haciendo fotos y a mi tío, que me dio un abrazo y agarró el carrito con la maleta para evitar que cualquier avispado se lo llevase durante el saludo.

Después nos fuimos hacia el coche y yo estaba abrumado. Recuerdo que no sabía qué decir. Miraba a todas partes y Argentina no era como la había imaginado. Los coches estaban oxidados, había muchísima gente, casas encima de la autopista y mucho verde.

Tardamos más de hora y media en llegar donde vivían mis tíos, una pequeña casa de campo en algún punto de la provincia de Buenos Aires. Allí esperaba toda la familia, incluidos mis primeros sobrinos.

Asado argentino

Aquel viaje duró casi tres semanas. El desconocimiento hizo que no programase ningún otro viaje dentro de Argentina, algo de lo que me arrepentiré siempre. Fue una gran oportunidad desaprovechada. Pero pasé la mayor parte del tiempo con la familia, que en realidad es lo que quería. Comí asado, estuve en el Carnaval de Gualeguaychu y dije muchas veces coger en lugar de agarrar.

Desde entonces he vuelto cuatro veces más y en estas si aproveché para ver el país, como Iguazú, El Calafate, Bariloche… Aunque todavía me queda mucho por ver.

Argentina es un país que amo y no me canso de visitar. Allí están algunas de las personas que más quiero. Lamentablemente nos separan miles de kilómetros. A veces me pregunto si la vida sirve de algo si la vivimos tan lejos de quienes nos hacen felices. ¿No deberíamos dejarlo todo por cambiarlo?

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