Buenos Aires, qué bueno volver a verte

Buenos Aires y yo tenemos una relación especial. Bueno, en realidad, la tengo yo con Buenos Aires porque ella es posible que no sepa que existo.

Recuerdo que en mi primera visita, hace doce años, me pareció una ciudad sucia, caótica y peligrosa. Mi familia me recomendó no hablar para que no me subiesen el precio de lo que quería comprar, la cámara de fotos sólo podía asomarla en contables excepciones y la mochila mejor delante. De mi primera experiencia fuera de Europa salí casi traumatizado.

Atardecer en Puerto Madero
Atardecer en Puerto Madero

Pero al mismo tiempo pensaba que esa ciudad tenía un potencial enorme. La miraba con lástima, como diciendo “con lo que podrías haber sido”. Con Buenos Aires me siento como esa persona que se empeña en ayudar a esa otra que no tiene remedio y acaba enamorándose aunque sabe que terminará llorando. Mis visitas a Argentina son así. Del “qué bueno que viniste” al “te extraño” en apenas unos segundos.

Aquella primera vez la comparé con Florencia y Roma, por aquello del desorden y la decadencia de sus calles, pero con pinceladas de París y Madrid. En las siguientes comprobé que se parecía mucho más a Madrid y a Barcelona de lo que pretendía, que su anhelo era parecerse a París y que, en contra de lo pensado, Londres tuvo grandes admiradores entre los urbanitas de Buenos Aires.

Lo cierto es que Buenos Aires tiene un poco de cada sitio. Argentina es un país de inmigrantes y así se ha construído. Hubo un momento en el que llegué a pensar que lo mejor de Argentina no pasaba por su capital. Me preguntaba, con unos monumentos naturales como las Cataratas de Iguazú en el norte y el Glaciar Perito Moreno en el sur ¿quién querría vivir en Buenos Aires?.

En mi última visita, esa relación con la capital de Argentina se ha estrechado. La he disfrutado y me ha reconquistado.

Buenos Aires ha acometido en los últimos años importantes reformas para mejorar la circulación. Han creado espacios para las bicicletas y carriles únicos para autobuses, lo que permite que circulen más rápido y aligeran el tráfico de la ciudad.

Esto, unido a mayor cuidado de los edificios públicos, el desarrollo de barrios modernos como Puerto Madero, la restauración de antiguos como Palermo, la mejora en el servicio de transporte público y un notable incremento de la seguridad, la han convertido en una ciudad envidiable que apetece descubrir.

La capital de Argentina tiene ya poco que envidiar de las grandes capitales europeas o estadunidenses. Se ha transformado para ofrecer la ciudad a sus habitantes y a quienes deciden visitarles.

Interior de la librería Ateneo Grand Splendid
Interior de la librería Ateneo Grand Splendid

Moderna, coqueta y más segura

Ya no da miedo caminar por sus calles. Y apetece transitar sus abarrotadas aceras para conocerla más y mejor. Igual uno puede ocupar un día en descubrir su barrio más aristocrático, Recoleta y al siguiente merendar en una de las librerías más grandes del mundo, la Ateneo Grand Splendid, antes teatro.

El único barrio que no ha evolucionado es, quizá, el más conocido. La Boca, lugar donde desembarcaban los inmigrantes al llegar por primera vez a Buenos Aires, vio crecer al club más conocido de Argentina y de ahí salió su jugador también más conocido y polémico.

Calle con tiendas y restaurantes en Caminito
Calle con tiendas y restaurantes en Caminito

Sin embargo, no sé si porque quieren que se mantenga así, La Boca sigue siendo un barrio viejo, totalmente alejada de la actual Buenos Aires. Las calles aledañas a Caminito no ayudan a querer permanecer en la zona. En esta última visita, nada más llegar le robaron el bolso a una señora.

Buenos Aires da para una visita de muchos días. Y además se puede hacer junto a profesionales y de forma gratuita, gracias a las visitas guiadas que ofrece la alcaldía.

Sinceramente, es una ciudad imperdible y sólo espero que el resto del país cada vez se parezca más a ella. Con una capital como Buenos Aires, Argentina sólo puede mostrarse orgullosa y esperanzada por un futuro mejor.

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